Aquella Cabina
Era su refugio, su confesionario, su única forma de dar señales de vida y de sentir que estaba vivo. Yo a esas horas escribía y, de vez en cuando, miraba la plaza desde la ventana. Era una plaza muy transitada, pero sin nadie que se parara en ella para charlar, porque el tráfico no permitía pararse. Él llegaba todos los días, todos, a eso de las doce, cuando en el alma le sonaban campanas de un Ángelus de amor. Eso era lo que yo me imaginaba y eso fue lo que comprobé un día, cuando conocí a aquel hombre. Llegaba a la plaza, se dirigía a un quiosco, compraba el periódico y - después lo supe- pedía que le cambiaran mil pesetas en monedas de veinte duros. Hace cuasi veinte años que en aquella plaza se levantó para mi curiosidad diaria un acristalado secreto de amor. Un hombre que aparentaba pisar la raya de los cincuenta, argonauta urbano, llegaba con una cartera de apariencia comercial bajo el brazo, miraba a su alrededor y se metía en aquella cabina como quien entra, en la siesta de la ciudad, a una casa de citas. No era normal que pasara una hora todos los días dentro de aquella cabina; algo había al otro lado del hilo que lo amarraba como un cordaje marino. Y cuando salía de aquella cabina, el paso del hombre era otro, y otra su mirada, o al menos los gestos de su cara donde yo le imaginaba la alegría en los ojos.
El día que lo conocí, le dije que hacía mucho tiempo que lo conocía, y aunque no supiera cómo era su voz, la imaginaba adelgazándose de emociones por la línea telefónica, con tal de llegar intacta de pasión al oído que la escuchaba. "...Mi voz buscaba el viento para tocar su oído..." Me confesó su secreto de amor prohibido y lo guardé como si fuera mío.
Ayer pasé por la zona donde ya ni mi casa es ya mi casa ni la plaza tiene el trazado de entonces. El quiosco está en otro sitio; han ensanchado las aceras y han estrechado la vía. Y algo más, algo que me dolió; bajo la sombra del ficus ya no estaba la cabina que durante muchos años miré como algo sagrado, cada vez que pasaba por allí, porque yo sabía que dentro de aquel vertical sarcófago moría diariamente un amor dicho, un amor que solo vivía una hora, la hora que tardaban en caer las doradas monedas por la herida de tiempo del teléfono. Me pregunté entonces qué habría sido de aquella historia de amor telefónico de la que fui distante y sordo testigo. Desde la sombra del ficus miré toda la plaza, y a la puerta de un bar, la misma humana estampa con veinte años encima: aquel hombre hablaba por el móvil y sonreía, y se emocionaba...Quise creer que seguía dentro de aquella cabina.
Antonio García Barbeito (Artículo de ABC)
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