lunes, 23 de diciembre de 2013

Un lujo que pocos pueden permitirse

Libertad

Realmente, todo sigue igual. Sigo estando, o eso creo. A veces, me da por pasar por aquella calle, y cambiarle el nombre. Ponerle por ejemplo, libertad. 
Si alguna vez estuve cerca de ser libre, fue en esa calle. Allí olía a huellas de carreras. Olía a ropa de muchos años, en cuerpos de pocos. Aquella calle tenía las aceras gastadas, es lo que tiene que allí bailaras tú...Aquella calle tenía sin tenerlo, escrita la palabra valentía. Valentía no es la ausencia de miedo, sino la sobra de valiente. Esa calle podría tener de todo...o de nada, pero tenía libertad. Libertad sin bandera blanca. Nunca hubo bandera blanca en esa calle. Allí monté mis grandes batallas, y hasta gané una guerra. Gané una guerra sin bandera, sin más vencidos que yo. Una guerra sin retirada. Jamás me hubiese retirado de la guerra que me enfrentaba a ti. Tú eras la heroína, en todas sus acepciones, que comandaba la calle. Tu eras la reina de las aceras. Y eras el bastión de las esquinas.
Yo, sin arqueros que me cubrieran las espaldas desde las azoteas, te visitaba cada tarde. El toque de queda era a eso de las siete...y las hojas ya se habían despedido del árbol. Sin pensarlo cada día, a esa hora, me acercaba a conquistar esa calle...o a ti, que al fin de cuentas, era lo mismo.
Solía presentarme con los cordones desabrochados, por si me tocaba huir, apelar a la suerte de tropezarme y seguir allí. Mi única estrategia era vencerme cada noche. Mi fin era morir en cada metro de esa calle. Morir avanzando...y estar muerto al volver. 
Tu  fila de guerrilleros, aquellos que llamaron hoplitas, me suponían la lucha diaria. Vencer a tu primer cruce de miradas, era mi lucha imposible de cada anochecer. Llegaba sabiendo que moriría en aquella calle, y estaba muerto casi sin pisarla. Un día tras otro, y siempre el mismo pensamiento, la misma frase que una madrugada oí, resonaba en mí..."Si me muero por ti, estando muerto". 
Seguí, y sigo, visitando esa calle cada vez que el sol se esconde para dejarme, a mí, paso. A veces, pienso en él, en el sol, que deja de ser testigo de lo que ocurre en esa calle.
Como decía, seguí y sigo yendo a esa calle. Y cuando estoy allí, le cambio la nomenclatura y la llamo libertad. Libertad sin cadenas, aunque esté encadenado a ti. Libertad sin ojos que acechen, aunque muera porque los tuyos me traspasen a cada momento. Libertad de valientes, aunque no sea capaz de rebatir una sonrisa.
Pasaran los años, y seguirá en esa calle. Son solo unos minutos. Quizás jamás nadie, más que yo, sepa que cada día, a esa hora, estoy allí. Seguramente, nadie se imagine que esa calle tiene un nombre distinto cuando amanece, y otro cuando anochece. Para el resto del mundo, es la calle de alguien que murió hace mucho tiempo. Para mí, es la calle libertad, aunque es cierto, que también muero allí. Será por eso, porque jamás viví en más mundo que esa calle, por lo que hoy paso por allí. Tantas veces me mató esa calle, que hoy lleva mi nombre, el nombre de quién murió hace mucho tiempo. El nombre de quién moría conscientemente, mientras rasgaba vida estando en tu paso. Nunca me apellidé libertad, pero para mí, esa era mi libertad. Tú calle, mi calle. Mi libertad eras tú.

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