Aquella
semana se presentaba como todas las anteriores. El fin de semana había
transcurrido como una vuelta a la niñez, cambiando el ron de noche por el
batido de tarde. Ya atisbaba yo que no sería una semana más…
Yo, que
había vivido siempre de cuentos medio inventados, de algún que otro beso
robado, y de alguna que otra mirada…que seguramente no fue dirigida a mí. Vivía
de amores cuasi inventados, de amores de tarde que morían en la noche, y que al
día siguiente no eran nada. Me enamoraba de cualquiera que me aguantara la
conversación más de un minuto. Siempre pensaba, iluso de mí, que resultaría
encantador. Con el tiempo fui aprendiendo que la cuestión de que me riese
hablando con una chica, no significaba que ella volvería a casa pregonando mi nombre
en cada esquina, en algunos de sus profundos silencios.
Digo que me
reía yo, porque conmigo se reían poco. Hasta yo mismo me daba cuenta de mi
sobreactuación.
Siempre he
sido tan ilusionista que pensaba que mi amor surgiría de un sostén de miradas
en un autobús, o como en las películas, de agacharme a la vez que ella para
recoger la carpeta. Era un ilusionista con ilusiones, lo único que realmente
era, porque aunque lo intentara, era un soñador sin sueños, un enamorado sin
amor, y un vividor sin vida.
Pero aquella
semana…aquella semana fue más real que todo lo que me había pasado antes. Volví
a trasnochar, escondiéndome por la casa para que nadie se enterase que por la
noche, recorría sus pasillos un ladrón, que mediante las palabras, soñaba con
robarle el corazón a su distanciado amor. Por la calle volví a creerme un
truhán, bailaba en mi mente cualquier cosa, y pensaba que mis bufonadas, las
entendería el mundo alzándome al pedestal de señor.
Esa semana
volví a sentir cosas que hacía mucho tiempo, mucho, que no sentía. La risa se
me disparaba sola, era como si las mariposas del estómago se estuvieran riendo
de mí por lo que sentía, y me dibujaban una sonrisa tonta, para que todos
rieran conmigo. No era una risa cualquiera, era una risa de ilusión, de esas
que duran casi medio segundo, de esas que no hacen risa, pero de esas que te
dan el bastón de mando del planeta.
Por la calle
mi paso era otro, e incluso creo, que las calles eran otras. Soñaba el momento
de volver a emborracharme de ella, de enclaustrarme en el manicomio en el que
ella convertía mi vida. Yo que libraba una batalla a favor de la cordura,
terminé cambiándome de bando para aceptar que me había vuelto loco por ella.
¿Cuánto
durará esto? Ni idea, tampoco me importa mucho, o sí, no se…además…todavía ni
ha empezado.
Aquella
semana volví, y durante unos días sentí, lo que durante muchos días no había
sentido.