Era el
típico chico de cigarro a los catorce años. De sentarme siempre sobre el banco
con los colegas. Era el que siempre rallaba las mesas, y el que siempre se
olvidaba de hacer los deberes. Mis recreos duraban 7 horas, y para mí las
clases no existían. Tenía mi sitio reservado en la última fila del aula, y mi
romance con la calefacción en los meses de llover, era un secreto a voces.
Era el chico
que se saltaba las normas no escritas de jugar al fútbol en la calle. El que al
saltarse la tapia del colegio, marcaba el record Guinness de velocidad.
Siempre fui
de jugar al azar con las chicas, de elegir una cada día, o de elegir un mismo
día para varias. Sabía que era el deseo de todas, el elemento con el que
presumían ante la gente. Yo era lo prohibido, y eso siempre atrajo a las
personas.
Era la
pasión de las chicas que marcaban su tiempo entre los catorce y los dieciséis
años, y a la vez, fui siempre el causante de miedo de sus madres. Yo era el que
llevaba manga corta en enero, y sudadera en agosto. Me ponía las gafas en
navidad, y en verano también. Fui el de la bici hasta los quince, el de la moto
hasta los dieciocho, y el primero en tener coche, que no significa el primero
en tener carnet.
Pasaron los
años, y nunca me faltó una chica al lado. Mi vida transcurría entre tallas
treinta y ocho, y chaneles nº 5. La mejor chica del barrio, esa, siempre fue la
mía.
A pesar de
que no fui el ejemplo a seguir en la adolescencia, en el amor no fui tan
gamberro. Me dediqué a dar mis noches a mis amores fugaces de cada garito. Mi
cama era el recinto donde la puerta jamás se cerraba. Sobre mí treparon todos
los deseos que cualquier chico pedía cada día. Pero esto no fue para siempre…Llegó
ella.
Llegó la
chica que dio vida a mi vida. Dejé de tener que darlo todo. Dejé de preguntar
para hablar, a que todo me lo preguntara ella. Dejé de asignar chicas a mis
noches, porque llegó la persona que me asignó para todos sus días. Dejé de
vivir por segundos, porque ella me entregaba la vida en milésimas.
Ella no era
la chica con la que yo iba a presumir por el barrio. Ella no usaba la talla treinta
y ocho, y más que a Chanel nº 5…ella olía a mí. Ella era la chica que me dejaba
mil llamadas perdidas por día. La chica que se moría por verme, por hablarme,
por hacerme reír los días que me tocaba llorar. Ella me ofreció sus brazos cada
vez que me caí. Ella más que mi chica, era mi compañera, mi amiga. No es que me
quisiera…es que me dio tanta vida, que desde entonces supe que jamás iba a
morir.
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