sábado, 15 de marzo de 2014

Prefirió darme su vida

Era el típico chico de cigarro a los catorce años. De sentarme siempre sobre el banco con los colegas. Era el que siempre rallaba las mesas, y el que siempre se olvidaba de hacer los deberes. Mis recreos duraban 7 horas, y para mí las clases no existían. Tenía mi sitio reservado en la última fila del aula, y mi romance con la calefacción en los meses de llover, era un secreto a voces.

Era el chico que se saltaba las normas no escritas de jugar al fútbol en la calle. El que al saltarse la tapia del colegio, marcaba el record Guinness de velocidad.

Siempre fui de jugar al azar con las chicas, de elegir una cada día, o de elegir un mismo día para varias. Sabía que era el deseo de todas, el elemento con el que presumían ante la gente. Yo era lo prohibido, y eso siempre atrajo a las personas.

Era la pasión de las chicas que marcaban su tiempo entre los catorce y los dieciséis años, y a la vez, fui siempre el causante de miedo de sus madres. Yo era el que llevaba manga corta en enero, y sudadera en agosto. Me ponía las gafas en navidad, y en verano también. Fui el de la bici hasta los quince, el de la moto hasta los dieciocho, y el primero en tener coche, que no significa el primero en tener carnet.
Pasaron los años, y nunca me faltó una chica al lado. Mi vida transcurría entre tallas treinta y ocho, y chaneles nº 5. La mejor chica del barrio, esa, siempre fue la mía.

A pesar de que no fui el ejemplo a seguir en la adolescencia, en el amor no fui tan gamberro. Me dediqué a dar mis noches a mis amores fugaces de cada garito. Mi cama era el recinto donde la puerta jamás se cerraba. Sobre mí treparon todos los deseos que cualquier chico pedía cada día. Pero esto no fue para siempre…Llegó ella.

Llegó la chica que dio vida a mi vida. Dejé de tener que darlo todo. Dejé de preguntar para hablar, a que todo me lo preguntara ella. Dejé de asignar chicas a mis noches, porque llegó la persona que me asignó para todos sus días. Dejé de vivir por segundos, porque ella me entregaba la vida en milésimas.

Ella no era la chica con la que yo iba a presumir por el barrio. Ella no usaba la talla treinta y ocho, y más que a Chanel nº 5…ella olía a mí. Ella era la chica que me dejaba mil llamadas perdidas por día. La chica que se moría por verme, por hablarme, por hacerme reír los días que me tocaba llorar. Ella me ofreció sus brazos cada vez que me caí. Ella más que mi chica, era mi compañera, mi amiga. No es que me quisiera…es que me dio tanta vida, que desde entonces supe que jamás iba a morir.

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