Era una tarde de primavera, de esas primeras de mayo donde
las noches llegan casi sin querer, donde el sol alarga su turno de guardia.
Como cada día desde hacía varias tardes, allí estaban los dos, sentados en
aquel banco. Ninguno de los dos había visto nunca más de dieciséis abriles.
Ella lucía los tradicionales calcetines blancos que su madre le compraba. Él
enfrentaba los tiempos y ya disponía de unos vaqueros. Aquel banco suponía la
libertad, en aquellos años donde los únicos rescoldos libertarios se esfumaban
entre el humo de quiénes soñaban otro futuro.
El entramado de aquel banco recogía un corazón pintado con
tiza, como si se tratara de una señal de reservado solo para ellos dos. Nunca encerraron
su amor en un puente veneciano, ni se declararon entre copas de líquido de oro.
Ellos solo tuvieron aquel banco, el más íntimo testigo de su primer beso.
Pasaron los años, y él comenzaba a dudar si su boca servía
para algo más que para comerla a besos. Ambos se provocaban el lado más
perverso, y en las esquinas más recónditas de la ciudad aún resuenan los
suspiros de sus te quiero. En cada calle fabricaron el beso más prohibido. Ella
le fue entregando su juventud en cada despertar, mientras que jamás se vieron
caricias más sinceras en la oscuridad de la sala de La Florida.
Trasnocharon tantas noches que a ella, por tanto recuerdo
acumulado, se le abrió un orificio invisible por el que, poco a poco,
comenzaron a depurarse todos sus recuerdos. Cuarenta años contaba la
inscripción de aquel banco que vio surgir aquel amor. Ella no recordaría jamás
los besos en la oscuridad del cine Florida, ni los despertares entre llantos de
productos de amor.
Desde aquel momento, él a los pies de la cama le cuenta cada
noche su historia de amor. Un cuento de cincuenta capítulos.
Después de un largo día donde el sillón sostiene el peso de
los recuerdos caídos, dónde las paredes de la casa acumulan, una y otra vez,
las mismas preguntas y respuestas. Ella, en pijama y batín, cubierta por la
sábana que hace las veces de infantería defensora, escucha atentamente una
historia de amor, sin saber que es la suya. Él, pisa la frontera de los
ochenta, y no cede en su empeño de cada noche. El cuento de cada día termina
siempre con la promesa de que nunca faltara a esa cita con ella. Recordarle a
su mujer su historia de amor se convirtió en la cita diaria de ambos. Él cuenta
que es la historia de amor más increíble que se puede tener. Cada noche vuelve
a fabricar su amor, un amor que solo dura el tiempo que tardan las hojas
memoriales en pasar hasta que la pasta del libro golpea en la mente. Él
consigue hacer de cada noche su primera y última vez mientras rescata de su
mirada trocitos de su vida.
Antes de apagar la luz de la mesita y de marcharse a dormir,
siempre se despide de ella con la misma frase: “Que se olvide el olvido de
borrar nuestro amor”.
Ahora,
cariño, espero que hayas tenido un momento de lucidez, y hayas descubierto que
quién cuenta esta historia soy yo, el que a los pies de tu cama, cuando la luna
decide salir, se pone el reto de ser la memoria de los dos. Y es que no tengo
vida para agradecerte. Que sepas que cada noche volveré aquí, aunque no sepas
quién soy, aunque no sepas qué pasó ni que es lo que te cuento. Cada noche
volveré para revivir nuestra historia, para mantener encendida esta llama que
una enfermedad quiere apagar. Y no sufras si ves que mis manos tiemblan
mientras hablo, aunque puedas pensar que es Parkinson, yo prefiero pensar que es
la prueba de que nuestro amor sigue vivo, y es que sigo temblando delante de
ti, como la primera vez, como en el aquel banco. Volveré mañana, y siempre, para
construir nuestra primera vez. Para vivir contigo ese beso de buenas noches por
el que valga morir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario