A la hora en la que la luz comienza a ser testigo de nuestros
actos, me despierto como cada día, enredada entre unas sábanas que parecen
querer tenerme de rehén unos minutos más. El agua marcando la línea del ecuador
sobre el vaso es el único cómplice que queda de mi noche.
Mis ojos no se terminan de abrir, y mientras me pongo en pie,
mi cabeza comienza a dar vueltas. Toca pensar qué ropa le extenderé en la cama
para cuando se vaya a trabajar.
Te busco por la habitación, y sigo sin encontrarte como cada
día, como cada instante. Desde hace un tiempo, realmente, no sé dónde te metes.
Me marcho a la cocina y mi banda sonora matutina comienza
siendo las siete campanadas. En la calle, el sonido de los niños rompe la calma
del alba. Van en busca de su pan de cada día, ese que se hace visible en una
pizarra antigua. Durante la mañana grabarán su secreto de amor sobre la mesa,
y esperarán la campana de las dos para decirle a su princesa: "Hasta mañana".
Yo sigo en la cocina, preparo el desayuno, y el templo de la
palabra, la radio, hace las veces de calendario. Dispongo la mesa, lleno mi
vaso, e igualmente lleno el tuyo. Hace días que no vienes, que no estás, pero
sigo llenando tu copa, y sigo sirviendo tu comida.
Vuelvo a la habitación, y allí sigue tu ropa extendida como
una línea serpenteada que simula la estructura de tu cuerpo. Pareciera que tu
alma se ha esfumado.
Antes de salir a la calle, vuelvo a buscarte por la casa, y
sigo sin encontrarte. De veras, que esto, no se le hace a una mujer…Para
después, no dejo preparada ninguna comida. En tu recuerdo tengo mi alimento.
Temo a la calle. Allí todas murmuran. Mis pasos, mis
actos,…parecen la exclusiva del día. Y aunque en silencio, sé que proclaman mis
hazañas como si fuera un PaperBoy
americano del siglo XIX. Prefiero no pararme a pensar.
Solo quiero llegar a casa de nuevo, y seguir buscándote.
Hundo tu ropa en mi cara, y recuerdo las noches en las que una tuna hacía las
veces de despertador. Los paseos por la orilla que ve al sol más libertario
morir a los pies de la Caleta. Casi sesenta años encontrándote, y ahora parece
que te has ido.
Por la tarde, plancho tu ropa, y en la cena hasta imagino que
charlo contigo. Ya en la cama, noto como haces espacio para que quepamos.
Mañana vuelves a trabajar, y prefiero también irme a dormir temprano.
Cuando la luna se esconde, nacerá otro día. Volveré a
buscarte en casa. Después en la calle que murmuren. Al fin de cuentas no dicen
ninguna mentira…te sigo queriendo como siempre, como las locas.
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