miércoles, 15 de enero de 2014

¿Dónde estás?

A la hora en la que la luz comienza a ser testigo de nuestros actos, me despierto como cada día, enredada entre unas sábanas que parecen querer tenerme de rehén unos minutos más. El agua marcando la línea del ecuador sobre el vaso es el único cómplice que queda de mi noche.
Mis ojos no se terminan de abrir, y mientras me pongo en pie, mi cabeza comienza a dar vueltas. Toca pensar qué ropa le extenderé en la cama para cuando se vaya a trabajar.
Te busco por la habitación, y sigo sin encontrarte como cada día, como cada instante. Desde hace un tiempo, realmente, no sé dónde te metes.
Me marcho a la cocina y mi banda sonora matutina comienza siendo las siete campanadas. En la calle, el sonido de los niños rompe la calma del alba. Van en busca de su pan de cada día, ese que se hace visible en una pizarra antigua. Durante la mañana grabarán su secreto de amor sobre la mesa, y esperarán la campana de las dos para decirle a su princesa: "Hasta mañana".
Yo sigo en la cocina, preparo el desayuno, y el templo de la palabra, la radio, hace las veces de calendario. Dispongo la mesa, lleno mi vaso, e igualmente lleno el tuyo. Hace días que no vienes, que no estás, pero sigo llenando tu copa, y sigo sirviendo tu comida.
Vuelvo a la habitación, y allí sigue tu ropa extendida como una línea serpenteada que simula la estructura de tu cuerpo. Pareciera que tu alma se ha esfumado.
Antes de salir a la calle, vuelvo a buscarte por la casa, y sigo sin encontrarte. De veras, que esto, no se le hace a una mujer…Para después, no dejo preparada ninguna comida. En tu recuerdo tengo mi alimento.
Temo a la calle. Allí todas murmuran. Mis pasos, mis actos,…parecen la exclusiva del día. Y aunque en silencio, sé que proclaman mis hazañas como si fuera un PaperBoy americano del siglo XIX. Prefiero no pararme a pensar.
Solo quiero llegar a casa de nuevo, y seguir buscándote. Hundo tu ropa en mi cara, y recuerdo las noches en las que una tuna hacía las veces de despertador. Los paseos por la orilla que ve al sol más libertario morir a los pies de la Caleta. Casi sesenta años encontrándote, y ahora parece que te has ido.
Por la tarde, plancho tu ropa, y en la cena hasta imagino que charlo contigo. Ya en la cama, noto como haces espacio para que quepamos. Mañana vuelves a trabajar, y prefiero también irme a dormir temprano.

Cuando la luna se esconde, nacerá otro día. Volveré a buscarte en casa. Después en la calle que murmuren. Al fin de cuentas no dicen ninguna mentira…te sigo queriendo como siempre, como las locas.

martes, 14 de enero de 2014

Ego Sum

Pongamos que hablo de mí:

Hoy lo necesito. Hoy necesito escribir, y lo haré sin más motivación que mi necesidad. Es de estos días que llegas a casa y no soportas que te dirijan una palabra. Estaré cansado supongo. No se…hay días en los que uno siente algo y no sabe muy bien qué es.
Hace ya un tiempo, una persona a la cual tengo gran cariño y que no mereció que la última vez que nos vimos me despidiera con un diario “Nos vemos”, me recomendó que comenzara a escribir un diario. Como siempre respondí lo mismo: “Me encantaría pero no puedo”. Por la razón que sea, por más que busco sentirme libre escribiendo, siempre hay algo que me hace no serlo. Será por motivos genéticos, pero la presión me influye demasiado. Además, por aquel tiempo, sinceramente, temía ver mi vida de frente, grabado en un papel. Al fin y al cabo, sentía algo parecido a miedo.
Ha pasado tiempo desde entonces, y aunque no sepa aún muy bien la razón de por qué dejé aquello, lo cierto es que lo dejé. Tampoco sé si deseo volver algún día o no.
Hablaba de hoy. Lo siento, pero cada día cuando vuelvo en bus y la oscuridad hace que no puede ver por dónde voy, miro a la ventana y pienso. Pienso demasiado. Todo el día. Creo que es más fallo que virtud esta otra manía de convertir el hecho de pensar en mi actividad más utilizada. En mi vida todo está demasiado medido. No me permito fallar, y esto es algo que sé que no es bueno. Cuántas veces me dijo aquello de que yo mismo me maltrataba. Lo intento, intento de veras cambiar estas cosas de mí, pero en esa misma psicosis de cambio, tengo miedo de cambiar en demasía y terminar en el otro extremo.
Solo yo me estoy enterando de esto. Hoy quizás sí estoy haciendo lo que me pidieron, escribir. Escribir para soltar lo que en mi cabeza explota y mi boca se calla siempre. Más de uno me ha dicho a veces, que por más que me conoce, más le sigo pareciendo extraño.
A lo que iba. Hoy he llegado a casa. Últimamente tengo la manía de aprovechar los ratos a solas, aunque eso me haga despertarme más tarde y tener menos tiempo para mis responsabilidades. Lo necesito. Necesito sentirme conmigo mismo, o quizás es al contrario, sentirme sin mí.
Soy un ilusionista. Siempre pienso que el futuro me depara lo mejor. Soy pesimista en el diario, pero optimista en el futuro. Todo creo que pasa por algo. Y siempre creo que la vida me debe una cosa buena. Seguramente esto no sirva más que para calmar mí sed de positividad, pero al menos me calma.
No pasan las cosas que quiero. Hay muchas cosas que me gustaría que fueran diferentes. Soy tan ilusionista que me creo que vivo en un mundo aparte. Que pienso cosas que nadie piensa. Y que me pasarán cosas que a nadie le pasará. Realmente, sé que esto no es así. Quizás me pasen cosas increíbles, pero nada que no le haya pasado antes a otra persona. Aunque puede parecerlo, e incluso a alguien se le escapara alguna vez, no estoy loco.
Simplemente escribo esto porque necesito decir algo, como siempre sin decir nada. Solo soltar palabras. Poner el enunciado abstracto de la realidad que solo existe en mi mente.
Amo todo, y nada. Soy un poco así. El más frío en situaciones ardientes, y el más pasional  en los icebergs diarios. Tuve momentos de creerme por encima del mundo, y otros de sentirme sin ni siquiera mundo. He vivido momentos increíbles, de esos que te acercan a las definiciones de lo que son los momentos increíbles. Soy un privilegiado, me lo repito todos los días. Aprendí que lo era. Me queda mucho por aprender, muchas veces que tocar los extremos por los que se mueve la vida. Pero si algo aprendí, es que si quieres, todo puede ser bueno. Hace tiempo me propuse ser mejor cada despertar. No se trata de ser mejor que los demás, sino de ser mejor que tú mismo.
Pasé momentos malos, los paso, aunque pocos. Y de todos ellos casi que ya me obligo a sacar un aprendizaje. De los buenos me cuesta más, estoy en ello. También me dijeron que debía disfrutar las cosas buenas. Me dijeron que celebrara hasta lo más mínimo que me produjese felicidad. Reconozco que me cuesta, pero que lo intento.
No pertenezco a esa parte de la población, cada vez más abundante, que presume de las cosas malas que le pasan. Cuelgan en una red social todos sus males para convertirse en mártires de nadie. Nadie en una red social hecha cuenta a nadie. Lo que te pase a ti, a ti te pasa. En la vida ocurre algo parecido, aunque no me permito caer en eso. No apoyo la individualidad. Tampoco soy de compartir todo. Hay momentos conjuntos, pero hay momentos de soledad. La soledad no tiene por qué ser mala. Hay momentos de soledad increíbles. Pero este mundo hace su propio diccionario de los términos. Yo, como soy rarito, tengo mi propio diccionario, o quizás no tenga ninguno.
Raro, sí, es una de las palabras que más utilizan los demás para describirme en muchas ocasiones. No me gusta, lo reconozco. No me hace sentir bien. Tampoco me crea un trauma. Simplemente pienso, soy yo. ¿Por qué tengo que ser raro? La gente llama raro a quién no hace las mismas cosas que los demás. Cada día tengo más claro que estoy en el camino. Tengo muchas cosas que mejorar y cambiar, pero no me avergüenzo de como soy. Si me llaman raro, pues perfecto, ellos serán muy guay.
No soy personal fácil. Como dije antes, soy de todo y de nada. Tengo de casi todo, y en la mayoría de momentos, no me muestro de casi nada. Soy muy maniático. No entiendo a la gente, aunque pueda envidiar algunas de estas cosas, que va por la vida sin pensar en las consecuencias de sus actos. Personas que no ven más allá de sus fines. Me cuesta entender algunas cosas. Y me siguen sorprendiendo otras.
Hoy me cerebelo me está dictando lo que más me gusta, escribir sin pensar. Es lo que busco con ello.
Hace no mucho tiempo, me pasó algo que creo que en el fondo me gusta. En el autobús comencé a hablar de convicciones propias. El tema era el amor. No escondo lo que dije. Comencé diciendo que lo más maravilloso que hay en el mundo es la mujer. Y que lo más importante de la vida es el amor. Por amor estoy escribiendo ahora mismo. Por amor existe quién creó este ordenador. Es decir, por amor existe la vida. Todo se mueve en torno a este sentimiento. Quiénes me oían decir esto, creo que se estaban riendo de mí. Ellos no se daban cuenta de que yo me estaba dando cuenta. Pero es que me daba igual. Me cuesta tanto hablar de mis cosas, que cuando me pongo en ello, hablo con tanto gusto que me daba igual que se rían de mí, como si escucharan a un loco.

Bueno, en definitiva. Hay tantas cosas que pudiera decir. Lo sé, he escrito mucho y no he dicho nada. Me sigo moviendo en esa disputa entre querer decirlo y no poder, o no querer. En resumen, que sigo descubriendo a diario como soy y como quiero ser. Y ese es mi fin, ser cada día cada momento lo que quiero ser. Además, tengo la gran fortuna (gracias a la persona que pienso que hizo que me diera cuenta) de que soy como quiero ser.

lunes, 13 de enero de 2014

Para que olvides olvidarlo

Era una tarde de primavera, de esas primeras de mayo donde las noches llegan casi sin querer, donde el sol alarga su turno de guardia. Como cada día desde hacía varias tardes, allí estaban los dos, sentados en aquel banco. Ninguno de los dos había visto nunca más de dieciséis abriles. Ella lucía los tradicionales calcetines blancos que su madre le compraba. Él enfrentaba los tiempos y ya disponía de unos vaqueros. Aquel banco suponía la libertad, en aquellos años donde los únicos rescoldos libertarios se esfumaban entre el humo de quiénes soñaban otro futuro.
El entramado de aquel banco recogía un corazón pintado con tiza, como si se tratara de una señal de reservado solo para ellos dos. Nunca encerraron su amor en un puente veneciano, ni se declararon entre copas de líquido de oro. Ellos solo tuvieron aquel banco, el más íntimo testigo de su primer beso.
Pasaron los años, y él comenzaba a dudar si su boca servía para algo más que para comerla a besos. Ambos se provocaban el lado más perverso, y en las esquinas más recónditas de la ciudad aún resuenan los suspiros de sus te quiero. En cada calle fabricaron el beso más prohibido. Ella le fue entregando su juventud en cada despertar, mientras que jamás se vieron caricias más sinceras en la oscuridad de la sala de La Florida.
Trasnocharon tantas noches que a ella, por tanto recuerdo acumulado, se le abrió un orificio invisible por el que, poco a poco, comenzaron a depurarse todos sus recuerdos. Cuarenta años contaba la inscripción de aquel banco que vio surgir aquel amor. Ella no recordaría jamás los besos en la oscuridad del cine Florida, ni los despertares entre llantos de productos de amor.
Desde aquel momento, él a los pies de la cama le cuenta cada noche su historia de amor. Un cuento de cincuenta capítulos.
Después de un largo día donde el sillón sostiene el peso de los recuerdos caídos, dónde las paredes de la casa acumulan, una y otra vez, las mismas preguntas y respuestas. Ella, en pijama y batín, cubierta por la sábana que hace las veces de infantería defensora, escucha atentamente una historia de amor, sin saber que es la suya. Él, pisa la frontera de los ochenta, y no cede en su empeño de cada noche. El cuento de cada día termina siempre con la promesa de que nunca faltara a esa cita con ella. Recordarle a su mujer su historia de amor se convirtió en la cita diaria de ambos. Él cuenta que es la historia de amor más increíble que se puede tener. Cada noche vuelve a fabricar su amor, un amor que solo dura el tiempo que tardan las hojas memoriales en pasar hasta que la pasta del libro golpea en la mente. Él consigue hacer de cada noche su primera y última vez mientras rescata de su mirada trocitos de su vida.
Antes de apagar la luz de la mesita y de marcharse a dormir, siempre se despide de ella con la misma frase: “Que se olvide el olvido de borrar nuestro amor”.

Ahora, cariño, espero que hayas tenido un momento de lucidez, y hayas descubierto que quién cuenta esta historia soy yo, el que a los pies de tu cama, cuando la luna decide salir, se pone el reto de ser la memoria de los dos. Y es que no tengo vida para agradecerte. Que sepas que cada noche volveré aquí, aunque no sepas quién soy, aunque no sepas qué pasó ni que es lo que te cuento. Cada noche volveré para revivir nuestra historia, para mantener encendida esta llama que una enfermedad quiere apagar. Y no sufras si ves que mis manos tiemblan mientras hablo, aunque puedas pensar que es Parkinson, yo prefiero pensar que es la prueba de que nuestro amor sigue vivo, y es que sigo temblando delante de ti, como la primera vez, como en el aquel banco. Volveré mañana, y siempre, para construir nuestra primera vez. Para vivir contigo ese beso de buenas noches por el que valga morir.

domingo, 12 de enero de 2014

Se fue sin querer...o lo que quería

Sé que quizás llegue demasiado tarde, imagino que estarás sentada sobre la maleta para meter bajo presión tus toneladas de ropa. Estarás estresada y esbozando esa media sonrisa mientras te muerdes el labio inferior…lo siento son demasiadas mañanas viéndote con el mismo gesto. Supongo que te sorprenderán mis palabras, tranquila, no es un intento de reconquista a última hora, todas mis estrategias las gasté contigo.
Te escribo para decirte que junto a esa maleta que irá pidiendo auxilio durante el viaje, vas tú, la chica que hizo que mis te quiero, al menos, parecieran veraces. No voy a decirte que serás una más en mi vida, porque mentiría. Como he dicho, esto no es un intento suicida de última hora, no soy como esos porteros que suben a rematar el córner en el último momento. Desgraciadamente, tú y yo, ya no somos más que el recuerdo de lo que un día fuimos. Tú con esas ganas de vida que desprendes, y yo con esa nostalgia bohemia que siempre me dio el punto de locura. Solo vengo a dejarte un recuerdo, por si no volvemos a hablar. A continuación te dejo una reflexión que escribí pocos días después de que me dijeras que tú y yo, ya no éramos más que el recuerdo de lo que un día fuimos… ¡Ah! Por cierto…Te quiero.

Decía Calderón que la vida es un frenesí, y se preguntara la gente, ¿qué es un frenesí?, frenesí es exaltar una pasión o un sentimiento. Y es que la vida sin pasiones no sería nada, ¿qué sería de la vida sin amar a algo?, queremos a un equipo, a una mascota, a un amigo, a un familiar, y sobre todo a una persona, la vida no se entiende igual sabiendo lo que es querer a alguien o no, el notar como te enamoras de una persona, de alguien que apenas conocías y que de la noche a la mañana se ha convertido en esa persona en la que piensas cada noche antes de dormirte, en esa persona con lo cual sueñas tener a tu lado algún día, pero también esa persona que no quieres tenerla por las noches en tus sueños para no tener el sabor amargo de despertarte y saber que como también dijo Calderón, ¨Los sueños, sueños son¨.
Aun así, sueñes o no con esa persona, una vez que te has enamorado no hay vuelta atrás. Jorge Bucay dice que podemos dar lastima a una persona, podemos hacer que se enfade,...pero no podemos hacer que se enamore de nosotros, porque ni siquiera eso depende de esa persona; y es que no podemos elegir de quien nos enamoramos, ni donde ni cuando, ese botoncito de dentro se aprieta en cualquier momento de manera involuntaria, y a partir de ahí tu vida se convierte en locura, y aunque haya días en los que digamos como Sabina ¨Estos ojos no lloran más por ti¨, siempre hay otra ocasión en la que no puedes contener la impotencia de querer a alguien y no poderlo tener. 
Alejandro Sanz dijo una vez, ¨Que el amor es aquello de lo que todo el mundo habla y nadie sabe lo que es¨, y yo digo que es cierto, nadie sabe lo que es el amor, y cuando nos los preguntan no hay una respuesta unánime, algunos dirán que es algo muy bonito, otros que es algo que no se puede explicar,…Y miles de definiciones más que sonaran muy comunes, el maestro Sabina dijo muchas definiciones, entre ellas que el amor es una mentira fantástica, yo digo que el amor es fantástico pero no es mentira. Quizás yo tampoco sepa realmente lo que es el amor, no soy Sabina ni Sanz para definirlo, pero para mí el amor son detalles, momentos, gestos,...todas aquellas cosas de las que te acuerdas cuando el amor ya no existe, cuando uno de esos ciegos que juega a hacerse daño, ya se lo ha hecho, y esto sí que lo dice Sabina. El amor es la primera vez que sientes nervios cerca de alguien, el clic que suena dentro de ti cuando te dicen te quiero por primera vez, ese primer beso, ese primer abrazo, esa primera vez en que te coges de su mano, ese primer abrazo con un amigo que te felicita,...son múltiples sensaciones que te hacen creer que el mundo está entre tus manos. Todo se arregla más fácil, todo es menor y quedo en un segundo plano cuando ella te dice que no pasa nada, y tú te lo crees aun sabiendo que nada ha cambiado, pero los problemas se hacen menos problemas.
Pero Sabina dijo de todo, y también dijo ¨Que lo peor del amor es cuando pasa, cuando al punto final de los finales, no le siguen dos puntos suspensivos¨, y es la realidad, tu sabes perfectamente, lo notas, cuando algo acaba para siempre, o cuando algo puede tener una segunda parte. Todo tiene un final, y puedes decir mil veces, ¨ que me quiten lo bailao¨, puedes buscar culpables, puedes pasar mil noches pensando en que fallaste, pero ninguna de esas será respuesta, porque ni siquiera esa persona ha decidido por si sola cuando dejar de amarte. A partir de aquí puedes olvidarte de ella buscando sustitutas, que solo te harán ver que no hay nadie como ella, o puedes recordar lo que viviste con gran nostalgia, y lo que te quedo por vivir con tristeza. Tu sabes que ya nada volverá a ser como antes, ya no hablaras con ella como antes, ya no la miraras como antes, porque ni siquiera la miraras para no acordarte, ya no volverán esas tardes ni esos besos, ya no te quitaras el maquillaje de tus labios antes de entrar en casa, ni olerás como ella, ni esconderás lo que te ha regalado para que tus padres no lo vean, atrás quedaran besos, atrás quedara el mirar el móvil para ver si te ha llamado, atrás quedaran tardes, noches y días, sueños y pensamientos, y es que si pensamos que la vida es un frenesí, y el mayor frenesí es el amor, cuando no hay amor...no hay vida.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Barbeitazo diario

Aquella Cabina

Era su refugio, su confesionario, su única forma de dar señales de vida y de sentir que estaba vivo. Yo a esas horas escribía y, de vez en cuando, miraba la plaza desde la ventana. Era una plaza muy transitada, pero sin nadie que se parara en ella para charlar, porque el tráfico no permitía pararse. Él llegaba todos los días, todos, a eso de las doce, cuando en el alma le sonaban campanas de un Ángelus de amor. Eso era lo que yo me imaginaba y eso fue lo que comprobé un día, cuando conocí a aquel hombre. Llegaba a la plaza, se dirigía a un quiosco, compraba el periódico y - después lo supe- pedía que le cambiaran mil pesetas en monedas de veinte duros. Hace cuasi veinte años que en aquella plaza se levantó para mi curiosidad diaria un acristalado secreto de amor. Un hombre que aparentaba pisar la raya de los cincuenta, argonauta urbano, llegaba con una cartera de apariencia comercial bajo el brazo, miraba a su alrededor y se metía en aquella cabina como quien entra, en la siesta de la ciudad, a una casa de citas. No era normal que pasara una hora todos los días dentro de aquella cabina; algo había al otro lado del hilo que lo amarraba como un cordaje marino. Y cuando salía de aquella cabina, el paso del hombre era otro, y otra su mirada, o al menos los gestos de su cara donde yo le imaginaba la alegría en los ojos.
El día que lo conocí, le dije que hacía mucho tiempo que lo conocía, y aunque no supiera cómo era su voz, la imaginaba adelgazándose de emociones por la línea telefónica, con tal de llegar intacta de pasión al oído que la escuchaba. "...Mi voz buscaba el viento para tocar su oído..." Me confesó su secreto de amor prohibido y lo guardé como si fuera mío.
Ayer pasé por la zona donde ya ni mi casa es ya mi casa ni la plaza tiene el trazado de entonces. El quiosco está en otro sitio; han ensanchado las aceras y han estrechado la vía. Y algo más, algo que me dolió; bajo la sombra del ficus ya no estaba la cabina que durante muchos años miré como algo sagrado, cada vez que pasaba por allí, porque yo sabía que dentro de aquel vertical sarcófago moría diariamente un amor dicho, un amor que solo vivía una hora, la hora que tardaban en caer las doradas monedas por la herida de tiempo del teléfono. Me pregunté entonces qué habría sido de aquella historia de amor telefónico de la que fui distante y sordo testigo. Desde la sombra del ficus miré toda la plaza, y a la puerta de un bar, la misma humana estampa con veinte años encima: aquel hombre hablaba por el móvil y sonreía, y se emocionaba...Quise creer que seguía dentro de aquella cabina.

                                                                                         Antonio García Barbeito (Artículo de ABC)

lunes, 23 de diciembre de 2013

Un lujo que pocos pueden permitirse

Libertad

Realmente, todo sigue igual. Sigo estando, o eso creo. A veces, me da por pasar por aquella calle, y cambiarle el nombre. Ponerle por ejemplo, libertad. 
Si alguna vez estuve cerca de ser libre, fue en esa calle. Allí olía a huellas de carreras. Olía a ropa de muchos años, en cuerpos de pocos. Aquella calle tenía las aceras gastadas, es lo que tiene que allí bailaras tú...Aquella calle tenía sin tenerlo, escrita la palabra valentía. Valentía no es la ausencia de miedo, sino la sobra de valiente. Esa calle podría tener de todo...o de nada, pero tenía libertad. Libertad sin bandera blanca. Nunca hubo bandera blanca en esa calle. Allí monté mis grandes batallas, y hasta gané una guerra. Gané una guerra sin bandera, sin más vencidos que yo. Una guerra sin retirada. Jamás me hubiese retirado de la guerra que me enfrentaba a ti. Tú eras la heroína, en todas sus acepciones, que comandaba la calle. Tu eras la reina de las aceras. Y eras el bastión de las esquinas.
Yo, sin arqueros que me cubrieran las espaldas desde las azoteas, te visitaba cada tarde. El toque de queda era a eso de las siete...y las hojas ya se habían despedido del árbol. Sin pensarlo cada día, a esa hora, me acercaba a conquistar esa calle...o a ti, que al fin de cuentas, era lo mismo.
Solía presentarme con los cordones desabrochados, por si me tocaba huir, apelar a la suerte de tropezarme y seguir allí. Mi única estrategia era vencerme cada noche. Mi fin era morir en cada metro de esa calle. Morir avanzando...y estar muerto al volver. 
Tu  fila de guerrilleros, aquellos que llamaron hoplitas, me suponían la lucha diaria. Vencer a tu primer cruce de miradas, era mi lucha imposible de cada anochecer. Llegaba sabiendo que moriría en aquella calle, y estaba muerto casi sin pisarla. Un día tras otro, y siempre el mismo pensamiento, la misma frase que una madrugada oí, resonaba en mí..."Si me muero por ti, estando muerto". 
Seguí, y sigo, visitando esa calle cada vez que el sol se esconde para dejarme, a mí, paso. A veces, pienso en él, en el sol, que deja de ser testigo de lo que ocurre en esa calle.
Como decía, seguí y sigo yendo a esa calle. Y cuando estoy allí, le cambio la nomenclatura y la llamo libertad. Libertad sin cadenas, aunque esté encadenado a ti. Libertad sin ojos que acechen, aunque muera porque los tuyos me traspasen a cada momento. Libertad de valientes, aunque no sea capaz de rebatir una sonrisa.
Pasaran los años, y seguirá en esa calle. Son solo unos minutos. Quizás jamás nadie, más que yo, sepa que cada día, a esa hora, estoy allí. Seguramente, nadie se imagine que esa calle tiene un nombre distinto cuando amanece, y otro cuando anochece. Para el resto del mundo, es la calle de alguien que murió hace mucho tiempo. Para mí, es la calle libertad, aunque es cierto, que también muero allí. Será por eso, porque jamás viví en más mundo que esa calle, por lo que hoy paso por allí. Tantas veces me mató esa calle, que hoy lleva mi nombre, el nombre de quién murió hace mucho tiempo. El nombre de quién moría conscientemente, mientras rasgaba vida estando en tu paso. Nunca me apellidé libertad, pero para mí, esa era mi libertad. Tú calle, mi calle. Mi libertad eras tú.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Sin más razón que el título

Ahora  que simplemente estoy


Ahora que lleno mi copa sin nada, que oigo en vez de escuchar, que veo en vez de mirar, que mis te quiero en el cristal se borran antes de que nadie los vea. Ahora, que tus huesos no son el verso diario de mi poema favorito. Ahora que voy por ir, y que estoy por estar. Ahora que hasta mi pasado me habla de usted, y que fulano es el mote que todos me ponen. Ahora que nadie edita mi página de Wikipedia, y que mi pistola se quedó sin soluciones. Ahora que paso las horas en el sarcófago olvidado de la exposición urbana que todos pagan, y que solo unos montan. Ahora que veo mis sueños en la almohada de otros. Ahora que simplemente estoy…